Un Mensaje a la Conciencia - 30 nov 2009

>> lunes, 30 de noviembre de 2009


EL ÚLTIMO CENTÍMETRO DE PELÍCULA
por el Hermano Pablo

No bien terminó el terremoto, Sanford Greenwald, de nueve años de edad, salió a tomar fotos del desastre. Usaba una pequeña cámara Brownie, de las llamadas «de cajón». El niño hacía sus primeras armas en el periodismo gráfico.

Esto era en San Francisco, California, durante el terrible terremoto de 1906. Sanford desarrolló después una extensa carrera dentro de la fotografía y la cinematografía. Fue el primer hombre en filmar, en rollos de película larga, escenas desde el aire.

Filmó escenas de guerra en ambas contiendas mundiales, y filmó el célebre desembarco de Normandía el 6 de junio de 1944, llamado el día «D», como también la primera explosión atómica del mundo en Alamogordo, estado de Nuevo México, el 16 de julio de 1945.

Después de haber acabado muchos rollos de película en su vida, los cuales ascendieron a centenares de miles de metros, terminó el rollo de su propia vida. Sanford Greenwald, el reportero fílmico más grande del mundo, murió el viernes 14 de septiembre de 1984, a los ochenta y siete años de edad.

He aquí un hombre que marcó rumbos y abrió brechas en el arte y la profesión del reportaje gráfico. Vio nacer la industria fílmica y tomó parte activa en ella. Filmó rollos de película en blanco y negro por todas partes del mundo en las décadas de 1910 y 1920. Cuando se produjo el advenimiento del color y del sonido, también fue de los primeros en aprovecharlos.

Pero el rollo de su propia vida, ese carretel que todos traemos lleno al nacer, y que lo vamos desenrollando día por día y lo vamos consumiendo a la vez, tenía también marcado un día: el día en que corrió el último centímetro de película y Dios escribió la palabra «Fin».

¿Qué vio y contempló para seguir filmando Sanford Greenwald, cuando pasó de este mundo al otro, y de esta vida presente a la vida de la eternidad? No lo sabemos. Sólo Dios conoce el destino de cada hombre que muere. Puede que haya ido a contemplar la gloria. O puede que haya ido a ver las escenas lúgubres del báratro.

Lo que sí sabemos con toda seguridad es que el hombre que se rinde a Jesucristo y lo recibe como Señor y Salvador tiene la salvación eterna asegurada. Y sabemos que cuando deje de contemplar las escenas buenas o malas de esta vida, abrirá los ojos en la eternidad para contemplar allí las glorias, las bellezas y las grandezas que encierra.

Hagamos de Cristo, hoy mismo, antes que sea tarde, nuestro Señor y Salvador.

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Un Mensaje a la Conciencia - 28 nov 2009


EL ENCANTO DE LOS OJOS
por el Hermano Pablo

Ibrahim Abubakar, muchacho de apenas doce años, se acercó al río para lavar ropa. Estaba en el estado de Gongola, al nordeste de Nigeria. Dos hombres le habían hecho el encargo, acordando pagarle algunas monedas por hacer el trabajo.

Silbando despreocupado, Ibrahim comenzó a lavar la ropa. En eso los dos hombres se le acercaron sigilosamente por detrás y lo hicieron perder el conocimiento de un fuerte golpe a la cabeza. Acto seguido, hicieron una cosa horrenda: le extirparon ambos ojos.

¿La razón de este bárbaro hecho? Un brujo, curandero de la región, les había pedido dos ojos humanos para prepararles un encanto que les protegería de heridas y que haría invisible cualquier cosa robada que tuvieran entre sus posesiones.

La brujería, el curanderismo, las adivinaciones, los encantamientos y hechizos son algunos de los males más difundidos en la humanidad. Y son los más antiguos también, ya que nacieron en la vieja y antigua Babilonia.

Se ha dicho que la magia es la religión de la mayoría en la humanidad. En las antiguas religiones de China, India y Japón es dogma oficial. Entre los musulmanes se practica en cierta medida. Entre los judíos de los tiempos bíblicos estuvo estrictamente prohibida. Y el cristianismo en su forma más pura la ha rechazado siempre.

Sin embargo, las supersticiones y su parienta cercana, las ciencias ocultas, no han sido erradicadas del todo. Han coexistido con el cristianismo en Europa y en América, y hasta el día de hoy se practican oculta o abiertamente.

Es que las supersticiones y las creencias en brujas, hechizos, horóscopos, maleficios, maldiciones, salaciones, mal de ojos, curanderismo y demás falsas creencias existen sólo donde hay ignorancia de la Biblia, la Palabra de Dios. Pues cuando el Libro Santo ilumina el alma, y el mensaje del Evangelio puro de Cristo penetra la mente y el corazón del pueblo, las malas artes se van.

Cuando el apóstol Pablo predicó a Cristo con vehemencia en la ciudad de Éfeso —narra el libro de Los Hechos—, centenares de personas que habían practicado la magia y el ocultismo repudiaron sus malas artes y aceptaron a Cristo. Entonces quemaron sus libros en la plaza pública, ¡y eso que el costo de esos libros era de más de cincuenta mil piezas de plata! Cuando la luz del Evangelio brilla en medio de la las tinieblas, éstas se retiran vencidas.

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Un Mensaje a la Conciencia - 27 nov 2009

>> viernes, 27 de noviembre de 2009


«MI ESPOSA TIENE EL CONTROL ABSOLUTO DEL DINERO»
por Carlos Rey

En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

«Tengo dieciocho meses de casado y estoy muy confundido.... No entiendo por qué mi esposa tiene el control absoluto del dinero que ganamos juntos.... Esto me molesta mucho porque ambos trabajamos. Algunas veces pienso que fue un error haberme casado.

»La verdad es que me siento confundido. Por favor, ayúdenme.»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimado amigo:

»Nos alegra que nos haya contado su caso porque es evidente que esa situación lo tiene muy preocupado. El dinero es una de las causas principales de los conflictos conyugales, y muchas parejas se identifican con el caso suyo en particular....

»Cuando dos personas se funden en un solo ser a través de la sagrada institución del matrimonio, tienen que aprender a ceder en muchos aspectos. El aspecto económico puede ser el más difícil.... Cada uno de los cónyuges ahora tiene que considerar los deseos del otro en cuanto a los gastos familiares. Todos los recién casados deben dedicar el tiempo necesario para hacer un presupuesto y pagar las cuentas juntos. Cuando uno de los cónyuges hace esto solo, el otro tiende a entender mal y a resentir la forma en que se gasta el dinero. Usted nos ha dado la impresión de que ese ha sido su problema.

»Póngase de acuerdo con su esposa respecto a cuándo van a apartar el tiempo para hacer juntos el presupuesto. Haga una lista de los gastos mensuales que no varían, tales como el alquiler, las cuotas mensuales del auto y las pólizas de seguros. Saque la cuenta del promedio que gastan en comestibles, impuestos, electricidad, agua y otros servicios públicos. Si tienen deudas acumuladas, ya sea en tarjetas de crédito o en instituciones académicas, también deben darle prioridad a su pago. Reste del total de sus ingresos mensuales el total de esas cuentas no negociables.... Lamentablemente, cuando muchas parejas sacan el presupuesto y hacen la lista de lo que deben, se dan cuenta de que no les sobra nada....

»Si sobra dinero después de pagar todas las cuentas, recomendamos que cada cónyuge tenga una determinada cantidad que pueda gastar en sus antojos, tales como ropa y diversiones. Es posible que durante varios meses sea necesario ahorrar lo que sobra cada mes a fin de comprar algo costoso. Los dos también deben ahorrar dinero para alcanzar metas que se hayan propuesto juntos, tales como la compra de una casa o la futura educación de sus hijos. Y todos tenemos la responsabilidad de esforzarnos por ayudar a las personas necesitadas que nos rodean.1

»¡No ame el dinero! ¡Ame más bien a su esposa! El apóstol Pablo enseñó ese principio hace dos mil años,2 pero no deja de ser válido en la actualidad. Si mantiene bien ordenadas sus prioridades, usted y su esposa podrán llegar a un acuerdo que fortalecerá su matrimonio.

»Le deseamos armonía económica en su hogar,

»Linda y Carlos Rey.»

El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar el enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana», y luego el enlace que dice: «Caso 54».


1 Heb 13:16
2 1Ti 3:3

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Un Mensaje a la Conciencia - 26 nov 2009

>> jueves, 26 de noviembre de 2009



FRUTO DEL RESENTIMIENTO
por Carlos Rey

A un hombre que trabajaba en un aserradero se le trabó la manga de la camisa en la maquinaria de la sierra. Ésta haló la manga hacia la sierra mecánica, y no hubo manera de salvar el brazo.

Cuando lo llevaron de emergencia al hospital, los médicos determinaron que era necesario hacerle una transfusión de sangre. Menos mal que en aquel tiempo las transfusiones se hacían directamente de un cuerpo a otro, y no había tanto peligro de recibir sangre contaminada como el que hay en la actualidad. Una vez que confirmaron el tipo de sangre de la víctima, buscaron a un donante con su mismo tipo de sangre que se ofreciera para hacer la transfusión. Por fin hallaron a un hombre que resultó ser vecino del herido.

El vecino se presentó con buena disposición en el hospital y ofreció su sangre. Pasó mucho tiempo acostado al lado de la víctima mientras la vida fluía de un cuerpo al otro. Durante todo ese tiempo, el herido no dijo nada en absoluto. El vecino que le donaba la sangre esperaba escuchar alguna expresión de gratitud, por sencilla que fuera. Pero sabía que el hombre acostado a su lado estaba muy enfermo, así que pensó que tal vez no pudiera decir nada.

Si bien la víctima perdió el brazo, por lo menos salvó la vida. Pero jamás le expresó ni la más mínima palabra de gratitud a su vecino, que le había salvado la vida al darle su propia sangre.

Pasaron los años, y el benefactor, ya anciano, comenzó a sentir deseos de acercarse a Dios. Mientras oraba de rodillas en el altar de una iglesia, se acordó de aquel vecino que nunca le había agradecido el haberlo salvado con su sangre. El viejo resentimiento le impidió la comunión con Dios. Sintió entonces que Jesucristo mismo le decía: «No olvides que tú mismo pasaste más de cincuenta años sin agradecerme a mí el favor de dar mi sangre por tu salvación. Si yo abrigara el resentimiento que te consume a ti, no podría darte paz, pues no la tendría yo mismo, ya que ninguno puede dar lo que no tiene. Pero yo no abrigo ningún resentimiento contra ti, a pesar de que no me tuviste en cuenta durante tantos años. Perdona a aquel ingrato y olvida ese viejo resentimiento.»

Reconociendo que más vale tarde que nunca, el vecino siguió el consejo que creyó que venía de Cristo mismo, y perdonó al prójimo por su ingratitud. Valiéndose de la sabiduría que suele acompañar a la vejez, aprendió la lección del divino Maestro, que se puso a su lado para transfundirle su sangre salvadora y darle paz, esa paz perfecta que sólo tienen aquellos que abandonan los resentimientos del pasado. Pues, como dice un refrán: «El hombre astuto, hasta de los males saca buen fruto.»


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Un Mensaje a la Conciencia - 25 nov 2009

>> miércoles, 25 de noviembre de 2009



EL PODER DE UNA PALABRA
por Carlos Rey

Uno de los guerreros valientes del pueblo de Israel fue el juez llamado Jefté, de la región de Galaad. Cuenta la historia sagrada que tan pronto como derrotó a sus enemigos los amonitas, conquistando veinte de sus ciudades, Jefté tuvo que lidiar con sus presuntos hermanos de la tribu de Efraín. Éstos, con manifiesta desfachatez y hostilidad, le reclamaron a Jefté:

—¿Por qué fuiste a luchar contra los amonitas sin llamarnos para ir contigo? ¡Ahora prenderemos fuego a tu casa, contigo dentro!

Jefté respondió:

—Mi pueblo y yo estábamos librando una gran contienda con los amonitas y, aunque yo los llamé, ustedes no me libraron de su poder. Cuando vi que ustedes no me ayudarían, arriesgué mi vida, marché contra los amonitas, y el Señor los entregó en mis manos. ¿Por qué, pues, han subido hoy a luchar contra mí?1

Acto seguido, a Jefté le tocó pelear contra los de la tribu de Efraín y vencerlos a ellos también. Después de la derrota, cuando los sobrevivientes de Efraín procuraban cruzar inadvertidos el Jordán, los hombres de Galaad los detenían en los vados del río y los identificaban con sólo decirles que pronunciaran la palabra hebrea shibolet, que significa «corriente de agua». En aquellos tiempos el idioma hebreo presentaba ciertas diferencias dialectales en las diversas regiones de Palestina, y los de Galaad sabían que los de Efraín no pronunciaban las eses como ellos. De ahí que, en lugar de decir shibolet con la hache, pronunciando las consonantes «sh» algo más suave que una che, dijeran «sibolet» sin la hache intermedia, y de ese modo se descubrían. No podían ocultar su verdadera identidad. ¡Esa insignificante diferencia de pronunciación les costó la vida nada menos que a cuarenta y dos mil hombres!

Así como una sola palabra llegó a identificar y a delatar a aquellos hombres en los tiempos bíblicos de los jueces de Israel, y hasta determinó su destino, también una sola palabra nos identifica y nos delata a nosotros en la actualidad, sólo que en vez de determinar nuestro destino, muestra más bien nuestros orígenes. Se trata de la palabra «gracias», que pronunciándola así, con la ce como si fuera una ese sencilla, nos identifica como hispanoamericanos, mientras que si pronunciáramos la ce más cerca de la zeta de modo que sonara «grathias», nos identificaría como españoles de la península ibérica. Pero no es esa diferencia de pronunciación lo que revela nuestros orígenes, sino el modo en que la empleamos. Pues lo que nos caracteriza como personas que sabemos agradecer los favores recibidos es el haber aprendido a dar las gracias de un modo natural y no afectado, espontáneo y no forzado, sincero y no fingido, y regular y no esporádico, como quien lo hace de costumbre y por cultura. ¡Por algo será que a los niños de todas las edades y culturas se les ha enseñado lo importante que es emplear la palabra «gracias» con liberalidad, como evidencia de buenos modales, buenas costumbres y buena educación!


1 Jue 12:1-3

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Un Mensaje a la Conciencia - 24 nov 2009

>> martes, 24 de noviembre de 2009

MIL DOSCIENTAS DOSIS MÍNIMAS
por el Hermano Pablo

Todos los vecinos oyeron los terribles gritos del chiquillo esa tarde de septiembre. Eran gritos agudísimos, de miedo, de dolor y de espanto. Cuando acudieron en gran grupo, vieron un espectáculo horrorizante: Mike Markham, un chiquillo de siete años, y su pequeño perro, estaban en el suelo junto a un árbol, materialmente cubiertos de furiosas avispas amarillas.

El pequeño Mike y su perro, de Apopka, estado de Florida, habían salido a jugar al campo esa tarde de otoño. Sin querer habían espantado un enjambre de avispas, y éstas los habían atacado. En el cuerpo del niño se encontraron más de mil doscientas picaduras. Y él, y el can, murieron como resultado del veneno.

La picadura de una avispa de las amarillas es en realidad de poco temer. Produce un poco de escozor y quizá una leve hinchazón pasajera. Porque la dosis de veneno es tan mínima que el cuerpo la disuelve en seguida. Pero cuando son mil doscientas dosis mínimas, introducidas en un solo cuerpo, ya la dosis se hace masiva, se vuelve mortal.

Eso fue lo que pasó con Mike, alegre chiquillo de siete años. Quizá una, dos, o aun diez picaduras las hubiera resistido. Su cuerpo sano y fuerte hubiera rechazado la ponzoña. Pero fueron mil doscientas picaduras, demasiada ponzoña acumulada, y el pequeño no resistió.

Así pasa también con el pecado. Un solo pecado blanco, como solemos llamarle (aunque blanco no hay ninguno) puede pasar. El alma es capaz de resistirlo y eliminarlo. Una pequeña mentira, una glotonería pasajera, hasta una borrachera en una fiesta especial, pueden ser eliminados del alma como quien elimina una toxina que no conviene.

Pero, ¿qué pasa cuando ese pequeño pecado blanco se repite mil doscientas veces? Una pequeña mentira se vuelve hábito de mentir. Una borrachera en una despedida de solteros, repetida constantemente, se vuelve esclavitud al alcohol.

Un adulterio que se comete una vez, a fuerza de repetirlo, se convierte en un estado de continuo adulterio que emponzoña toda la vida del hombre, de la mujer y del hogar de ambos. Un pequeño hurto que parece insignificante, repetido cientos o miles de veces, corrompe todo el carácter y toda la existencia de la persona.

Sólo Cristo puede salvarnos de la dosis mínima del pecado y de la infección masiva que produce. Porque sólo Cristo tiene el antídoto contra toda forma de mal.

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Un Mensaje a la Conciencia - 23 nov 2009

>> lunes, 23 de noviembre de 2009



EL AGUA DE LOS COCOS
por Carlos Rey

Corría el año de 1878. El presidente de Guatemala, general Justo Rufino Barrios, había acordado reunirse con los jefes de la región oriental de Chiquimula para cambiar impresiones con ellos. Tan pronto como el presidente llegó y estableció su despacho‑campamento a orillas del río Tacó, la gente hospitalaria de Oriente le llevó un racimo de cocos. Hacía mucho calor porque era mediodía. El primer mandatario ordenó abrir los cocos, sacarles el agua y llenarlos con agua del río Tacó.

Poco después llegaron los jefes departamentales, jadeantes y sudorosos. El presidente mandó que a cada jefe se le sirviera uno de los cocos preparados. Al rato les preguntó cómo les parecieron.

—Deliciosísimo, señor presidente. ¡Qué dulzura de agua! —respondió uno.

—Este lugar es especial para producir cocos con mucha agua y tan dulces como la miel —manifestó otro.

Al oír sus respuestas hipócritas, el presidente les dijo contrariado:

—Realmente es desconcertante para quien gobierna y desea de todo corazón el progreso de su pueblo, descubrir que sus dirigentes tienen miedo de decir la verdad. Ninguno de ustedes puede ignorar el hecho que el agua que acaban de beber de los cocos es del río Tacó y no de cualquier cocotero. Si no han podido ser veraces al hablar de una cosa tan simple como el sabor del agua de los cocos, ¿cómo van a serlo con los asuntos que tenemos que tratar esta tarde?1

Así como en esta anécdota los jefes políticos desconocían los verdaderos deseos de su primer mandatario, también muchos de nosotros desconocemos la voluntad de Dios, nuestro Jefe Supremo. No sabemos que a todos nos ha sometido a una prueba sencilla —la de decirle sí a la verdad—, y que nos toca a todos por igual optar por rechazar la verdad o aceptarla. La decisión es nuestra.

Poco antes de partir de esta tierra, Jesucristo, al ser interrogado, aclara que vino al mundo para dar testimonio de la verdad. Pilato le hace entonces la pregunta filosófica de los siglos: «¿Y qué es la verdad?» Pero no espera a que Jesús le responda, sino que se dispone de inmediato a complacer a los jefes judíos del siglo primero,2 así como los jefes guatemaltecos del siglo diecinueve querían complacer a su primer mandatario.

Lo cierto es que Jesús ya había dado respuesta a esa pregunta cuando le dijo al apóstol Tomás: «Yo soy... la verdad.»3 Pilato llegó a conocer a esa Verdad en persona porque la tuvo encarnada frente a él, pero no la reconoció como tal. En vez de aceptarla, mandó crucificarla. Tenía el poder humano para poner en libertad a Jesús, pero no comprendió que Jesús tenía el poder divino para liberarlo a él. Así que optó por rechazar a aquella Verdad que una vez dijera: «Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.»4


1 Óscar Hugo Álvarez Gómez, Anécdotas del General de División Don Justo Rufino Barrios, 2a ed. (Guatemala: Editorial del Ejército, 1984), pp. 67-68.
2 Jn 18:37—19:16
3 Jn 14:6
4 Jn 8:32

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Un Mensaje a la Conciencia - 21 nov 2009

>> sábado, 21 de noviembre de 2009


LA METAMORFOSIS DE CORTÉS FERRUSQUILLA
por el Hermano Pablo

Primero salió corriendo por las calles, dando furiosos ladridos. Tenía la boca espumosa y los ojos inyectados en sangre. Corrió en cuatro patas lanzando mordiscos a diestra y siniestra, sembrando espanto por toda la colonia.

Encontró en su camino a la niña Priscila Cortés, a la que mordió hasta sacarle sangre. Un agente de policía que quiso apresarlo resultó con el uniforme destrozado por uñas y dientes. Por fin, el enfurecido ser fue reducido por tres fuertes agentes.

Sin embargo, no era un can. Era Enrique Cortés Ferrusquilla, de treinta y tres años, habitante de la colonia Prado Churubusco de la ciudad de México. Una tremenda borrachera había producido en él una verdadera metamorfosis, convirtiéndolo poco menos que en un can atacado de hidrofobia.

¡Qué metamorfosis produce en los seres humanos el vicio del alcohol! Los diarios que comentaban la noticia decían que Cortés Ferrusquilla se convirtió, por el líquido de fuego metido en su sistema, no en una enorme cucaracha, como en la famosa Metamorfosis de Franz Kafka, sino en un perro, que salió en cuatro patas espantando a los tranquilos habitantes de la colonia, con «la boca espumosa y el ojo fatal», como dice Rubén Darío del lobo de Gubbia.

El alcohol se está constituyendo de nuevo en el azote de la sociedad. Su peligro está sobrepasando, si es posible, al de las drogas. Hoy no se concibe ninguna fiesta, ninguna celebración, homenaje o festejo sin que haya copas de licor circulando entre los concurrentes, y efectuando, con su ominoso poder, diversas metamorfosis.

No todos los que beben licor necesariamente van a hacer lo mismo que el embriagado de este caso. Pero siempre, lenta e inexorablemente, el alcohol comenzará a efectuar una metamorfosis en la mente y la conciencia del adicto a él.

No hace falta agregar argumentos médicos para darle más peso a este argumento. El poder destructivo del alcohol lo conoce el propio alcohólico mejor que nadie.

Sin embargo, hay una manera de librarse del alcoholismo. Hay una manera de volver a la sobriedad y al dominio propio, y a conservar bien el equilibrio, no sólo físico sino mental, moral y espiritual. Se logra mediante el poder del evangelio de Jesucristo. Porque Cristo, el Señor viviente y triunfante, tiene poder de sobra para regenerar, cambiar y ennoblecer a todo ser humano.

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Un Mensaje a la Conciencia - 20 nov 2009

>> viernes, 20 de noviembre de 2009



«EL VENGADOR DE LOS INOCENTES»
por Carlos Rey

(Día Internacional de los Derechos del Niño)

«La pobre joven estaba encinta....

»—Hija —[le] dijo [su padre], turbada la voz.

»Volvióse ésta con ojos espantados [debido a] la faz contraída... de su padre.

»—Sabe, hija, y no te apenes,... aquel... malvado... tu seductor... ha huido, embarcándose ayer —concluyó [el padre], entre rugidos....

»La joven miró al cielo, brotaron lágrimas reprimidas de sus ojos, y volvió a bajar la cabeza.

»—Sea como Dios quiera —murmuró....

»El hombre apretó los puños... y continuó:

»—Ese miserable se ha burlado de ti; está bien: la justicia algún día se encargará de arreglarle las cuentas... Yo haré lo que me competa. Solamente espero que seas fuerte, y me ayudes a encubrir nuestra honra....

»La joven se dominó; trató de serenarse, y quiso ser más fuerte que su desgracia....

»Corría el año de 1823 ó 1824.... Frente al templo [de Nuestra Señora de las Mercedes] vivía en una pobre casa... una mujer del pueblo, comadrona... conocida bajo el nombre de Señá Petronila la partera....

»Aconteció que una noche, entre doce y una, fuertes golpes resonaron... a la puerta.... La Señá Petronila se levantó apresuradamente....

»—Abra usted, Ña Petronila, que la vengo a solicitar para una señora.

»La comadrona... abrió y se puso a disposición del desconocido..., [quien la vendó] para que ignorase a donde la conducía....

»Señá Petronila y su misterioso acompañante... llegaron al fin... [al patio de] la casa indicada... desde [donde] se dominaba el río... Ozama....

»Allí, a la luz de las estrellas, [la partera] vio... a su parturienta: era una mujer completamente embozada.

»—Ahí tiene usted a esa señora —díjole el desconocido [a su hija, la joven parturienta], con tono seco e imperiosa voz—: cumpla usted con su deber....

»Pasado un buen rato [en] fúnebre silencio..., quedó cumplido el delicado y penoso encargo, y tan feliz alumbramiento dio ánimo a la pobre Señá Petronila....

»[Tomó] a la criaturita, que lloraba débilmente, y la [entregó] sonriendo a aquel hombre, esperando que esto fuese de su agrado, y... ¡el monstruo [arrebató] al recién nacido por los pies y... sin proferir una sílaba, sin mirarlo, [lo arrojó] al río!

»El niño exhaló en el aire un gemido al caer, y las olas se abrieron con estruendo, tornando a cerrarse sobre la líquida tumba del inocente....

»El hombre sacó del gabán un largo bolsón de dinero que dejó en las manos de la Señá Petronila....

»—Oiga usted, buena mujer —le dijo en voz baja, sombría y amenazadora, mirándola con... ojos feroces—: cuidado con revelar nada de lo que ha visto. Yo la alcanzaré dondequiera que usted se meta, y ¡ay de usted entonces!... ¡Vaya usted con Dios!»1

¡Con razón que a este cuento añejo, que escribió en 1889, el autor dominicano César Nicolás Penson le puso por título «Drama horrendo»! Lo que seguramente no comprende el despiadado padre y abuelo del cuento es que ese mismo Dios al que encomienda a la partera ha establecido que pecadores como él no escaparán de su pecado.2 «¡Ay de los que... cometen sus fechorías en la oscuridad, y piensan: "¿Quién nos ve?"!... —les advierte Dios, "el vengador de los inocentes"—.3 Muy pronto... todos los que no duermen para hacer el mal... y con engaños perjudican al indefenso... serán exterminados.»4


1 César Nicolás Penson, Cosas añejas (Santo Domingo: abc editorial, 2002), pp. 8-19.
2 Nm 32:23
3 Sal 9:12
4 Is 29:15,17,20,21

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Un Mensaje a la Conciencia - 19 nov 2009

>> jueves, 19 de noviembre de 2009


«¿HASTA DÓNDE DEBO LLEGAR POR AMOR A MI FAMILIA?»
por Carlos Rey

En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

«Un día mi esposa, después de seis años de matrimonio, me llamó aparte y me dijo que se quería separar. Dijo que quería su parte de las propiedades. Todo como me lo pidió se lo di. No le importó que al llevarse la mitad de los negocios, yo iba a la ruina. Igual se los entregué.

»Con el tiempo, todo lo perdió... Yo entonces le pedí que volviera a casa. Sé bien que no me quiere. Ella me lo dijo muchas veces. Pero ahora mi hijo es feliz otra vez.

»¿Vale la pena mantener el hogar cuando sólo yo tengo amor en mi corazón? ¿Hasta dónde debo llegar por amor a mi familia...?»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimado amigo:

»Lo felicitamos por ser un hombre con entereza de carácter, más interesado en el bienestar de su hijo que en el suyo. Ese es un rasgo excepcional en estos tiempos en que vivimos. De veras es encomiable que usted esté dispuesto a sacrificar su propia felicidad a fin de que su hijo pueda crecer feliz....

»¿Se ha portado mal su esposa? ¡Claro que sí! De ninguna manera justificamos lo que ella ha hecho. ¿Ha sido esta una terrible experiencia para usted? Sin lugar a dudas. Pero usted ha reconocido sabiamente que su hijo no debe tener que sufrir a causa de los errores de la mamá.

»El carácter que usted ha mostrado al estar dispuesto a perdonar una y otra vez es como el de nuestro Padre celestial. De hecho, hay una historia que forma parte de la Biblia porque Dios quiso enseñarnos lo mucho que está dispuesto a perdonarnos y a darnos otra oportunidad cuando lo hemos herido repetidamente. Es la historia de Oseas, que se casó con una mujer que lo abandonó a él y a sus tres hijos una y otra vez, y hasta le fue infiel. Pero Dios le dijo a Oseas que volviera a mostrarle amor a su esposa,1 y Oseas lo hizo, quizá porque Dios se lo dijo, y quizá porque sabía que era lo mejor para sus hijos.

»Muchos afirman que aman a Dios. Le piden favores y claman a Él cuando están en apuros, pero nunca han sentido devoción por Él. Nunca lo han amado tanto como para que sea parte importante de su vida diaria. Por el contrario, se aprovechan de Él para satisfacer sus propias necesidades, tal como su esposa está haciendo con usted. Y con todo Dios sigue dispuesto a amarlos y a tener una relación personal con ellos. Él les perdonará los pecados cuando se lo pidan, gracias al sacrificio de su Hijo Jesucristo en la cruz.

»Tal vez su esposa no le haya pedido a usted perdón. Y tal vez ella no haya reconocido siquiera que se ha portado mal. Pero cuando usted sigue amándola y mostrándole cariño, le está dando un ejemplo piadoso a su hijo. Y de aquí a que él sea adulto, es posible que esa mujer que es esposa suya y madre de él haya cambiado su actitud y su comportamiento como resultado del amor que usted le ha mostrado.

»¡Le deseamos que sea feliz!

»Linda y Carlos Rey.»

El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa el enlace que dice: «Caso 45» dentro del enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana».


1 Os 3:1

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Un Mensaje a la Conciencia - 18 nov 2009

>> miércoles, 18 de noviembre de 2009


UNA SIMPLE LEY FÍSICA
por el Hermano Pablo

Era la fiesta de los Enamorados en Londres. Se celebraba un alegre baile juvenil en un edificio de dos pisos. La noticia de la fiesta se difundió. Los jóvenes fueron llegando en parejas, en grupos de cuatro, de seis, de ocho, de diez. Cuando ya había más de doscientos jóvenes bailando rock, el piso cedió.

Se debió a una simple ley física. Un piso hecho para soportar a cincuenta personas no puede soportar a doscientas. El piso se rompió y los jóvenes cayeron en medio de una espantosa confusión. Dos muertos y sesenta heridos fue el saldo del trágico final de la fiesta.

Hay leyes físicas que no se pueden violar sin pagar las consecuencias. Si se ponen los dedos en el metal caliente, se sentirá la quemadura. Si se toca un cable eléctrico, se sentirá la descarga. Si se deslizan los dedos por el filo del cuchillo, correrá la sangre.

El universo tiene infinidad de leyes físicas que son así porque así las formuló el Creador. No se pueden violar sin sufrir algún percance. Y también el universo, y especialmente la humanidad, poseen una gran cantidad de leyes morales, igualmente firmes, igualmente valiosas, que tampoco se pueden violar con impunidad.

Consideremos el caso de Londres. El piso del edificio no cedió debido a que los jóvenes bailaban música rock, ni porque bebían cerveza, ni porque algunos fumaban marihuana ni porque algunas jóvenes parejas se entregaban a excesivas muestras de cariño. Cedió porque se le puso encima demasiado peso, y nada más; es decir, por una simple ley física.

Así mismo, si sobre una esposa sufrida o un esposo demasiado ingenuo, el otro cónyuge empieza a poner demasiado peso de infidelidad, tarde que temprano habrá un quiebre, una ruptura, un desastre. Es una simple ley moral.

Muchas esposas ceden por el peso de demasiadas burlas del marido, y se rompen como estante de vidrio que deja caer estrepitosamente la excesiva carga de copas que se le ha puesto encima. Y quedan igualmente hechas añicos.

No se puede cargar un puente con demasiada carga ni poner demasiado peso en la bodega de un barco o de un avión. Todo tiene un límite. Pasado ese límite, hay peligro de muerte.

Tampoco se puede cargar el corazón de un ser humano con demasiada pena. Y menos cuando ese corazón es el de la esposa o del esposo. Pidámosle hoy a Cristo sabiduría, comprensión y poder. Él nos ayudará.


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Un Mensaje a la Conciencia - 17 nov 2009


¿JUSTICIA O MISERICORDIA?
por Carlos Rey

Cuando Julius y Ethel Rosenberg se casaron en 1939, los dos ya eran miembros activos del Partido Comunista de los Estados Unidos de América. Pero a nadie se le hubiera ocurrido pensar que llegarían a ser los primeros civiles de su país condenados a muerte por espionaje y los primeros en ser sancionados por ese delito en tiempos de paz. La Segunda Guerra Mundial, que estalló el mismo año en que se casaron, ya había dado paso a la Guerra Fría cuando fueron arrestados y acusados de ser espías de la Unión Soviética en 1950.

El proceso judicial contra los esposos Rosenberg comenzó el 6 de marzo de 1951. Causó gran sensación en todo el mundo, pues se les acusó de divulgar secretos hasta sobre armas nucleares. En el mes de abril, luego de ser hallados culpables, el juez Irving Kaufman les impuso a ambos la pena capital.

Durante los siguientes dos años el fallo fue apelado ante los altos tribunales y también fue analizado ampliamente por el tribunal de la opinión pública internacional. Uno de los factores en tela de juicio era la presunta imparcialidad de aquel juez, que al dictar sentencia había emitido el juicio de que los Rosenberg eran culpables de un delito «peor que el homicidio». La Corte Suprema de Justicia atendió siete recursos de apelación, pero fueron denegados los siete. Y por si eso fuera poco, tanto el presidente Harry Truman en 1952 como el presidente Dwight Eisenhower en 1953 denegaron las peticiones de clemencia presidencial. Ante el fracaso de una campaña a nivel mundial que pedía misericordia en su favor, los esposos Rosenberg fueron ejecutados en la Prisión Sing Sing de Nueva York el 19 de junio de 1953.

Al final del gran pleito jurídico, cuando ya se había dado el fallo de culpable, el abogado defensor, como último recurso, suplicó: «¡Su Señoría, lo único que mis clientes piden es justicia!» A lo que el juez Kaufman repuso: «Eso es precisamente lo que este tribunal ha impartido, justicia. Lo que realmente quieren es misericordia, y este tribunal no está facultado para conceder misericordia. Eso le corresponde al presidente.»

Así como a los espías Rosenberg, también a cada uno de nosotros se nos ha hallado culpable de un delito que lleva la condena de muerte. Ese delito es el pecado. Pero Dios, el presidente sobre todos los presidentes del mundo, consciente de que lo que necesitamos es misericordia y no justicia, envió a su Hijo Jesucristo al mundo para que muriera en nuestro lugar. Ahora, en base a esa expiación de nuestro pecado, Él nos ofrece su perdón divino y, en vez de una condena de muerte, la vida eterna. Así que no tenemos que esperar, como los Rosenberg, a que se nos dicte sentencia. Podemos, más bien, anticiparnos al día del Juicio Final, pidiéndole a Dios perdón hoy mismo y recibiendo así su misericordia divina.



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Un Mensaje a la Conciencia - 16 nov 2009

>> lunes, 16 de noviembre de 2009

 

MALAS NOTICIAS, BUENAS NOTICIAS
por el Hermano Pablo

Fría y lacónica era la esquela que Pamela Strother, empleada de banco, encontró en su correspondencia esa mañana. Era una comunicación de su banco donde le decían que en dos meses más quedaría cesante. Para Pamela, joven soltera de veintiocho años de edad, y sin muchos amigos ni mucha familia adonde acudir, la esquela era como un puñal que le clavaban en la espalda.

Pocos días después, todavía trastornada por la pérdida del empleo, Pamela recibió otra esquela. Esta venía de la Lotería de Chicago, Illinois, donde ella vivía. En ella le comunicaban que era la ganadora de un gran premio: tres millones setecientos mil dólares. Una buena noticia venía para aliviar el efecto de una mala.

Si pensamos un poco, esta pobre vida humana tan problemática que llevamos está llena de buenas y de malas noticias. El bien y el mal se entrelazan continuamente en nuestra existencia. La enfermedad y la salud se alternan una con otra; los días buenos siguen a los malos y los malos a los buenos; hoy reímos y mañana lloramos.

En definitiva nada podemos dar por sentado. Las lágrimas siguen a la risa, y el placer sucede al dolor. Si hoy estamos pobres, mañana un golpe de fortuna puede hacernos ricos. Como dice la Biblia en el Eclesiastés: «Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo» (3:1).

O como expresara el poeta mexicano Juan de Dios Peza:

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas.
Aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas.

Algunos llaman a esto la eterna inseguridad humana; otros lo llaman: «La ley de las compensaciones». Otros le dicen: «La ley de la cosecha», debido a que «cada uno cosecha lo que siembra» (Gálatas 6:7). Pero lo cierto es que no importa lo que suframos en la vida, ni cuánto gocemos (el sufrimiento y el gozo son simples alternativas), se abre para nosotros, más allá del día de la muerte, la posibilidad de dicha eterna, como también la posibilidad de desdicha sin fin. Cielo o infierno nos esperan allá, al fin del camino.

¿Cómo asegurarnos esa dicha eterna, que será inmutable, sin mermas ni altibajos ni cambios? Recibiendo hoy a Cristo como Señor y Salvador. Sea que hoy estemos llenos de felicidad, o estemos apurando la copa de la amargura, ¡necesitamos a Jesucristo!

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 14 nov 2009

>> sábado, 14 de noviembre de 2009


LA GRATITUD DE JUAN SEPP
por Carlos Rey

  Juan Sepp era un personaje popular en San Francisco, California. Todos los días se la pasaba en el Parque Álamo alimentando las palomas. Cada semana compraba hasta doscientos kilogramos de alimentos para aves, gastando en esas compras una cuarta parte de su sueldo mensual.

¿Cuál era la razón del cariño que sentía por las palomas? La respuesta se encuentra en la historia de su vida, que a Juan le gustaba contar, con lujo de detalle, a cualquiera que mostrara interés. «Durante la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918, fui piloto en el ejército ruso —contaba Juan—. Un día de combate, un piloto alemán acribilló mi avión, por lo que cayó sobre el bosque de Austorvi, en la frontera germano-polaca. Me hirieron, y durante dieciocho largos días quedé indefenso en el bosque, necesitando ayuda. En el lugar en que me derribaron, marqué día tras día mi posición en un papel, lo até a la pata de una de las palomas que llevaba en el avión, y solté la paloma.

»Cada día de esa larga odisea —sigue contando Juan—, una paloma mensajera salía volando desde el sitio donde yo estaba herido hasta el cuartel general. Los oficiales del cuartel la enviaban de vuelta con cubitos de alimento concentrado. Cuando al fin llegó la patrulla de salvamento, elevé una oración de gratitud al cielo, y prometí solemnemente alimentar durante el resto de mi vida a cualquier paloma mensajera que tuviera hambre.»

Cuando terminó la guerra, Juan Sepp emigró a los Estados Unidos. En San Francisco, se ganó la vida lavando ventanas y, cumpliendo la promesa que le había hecho a Dios, de ahí en adelante empleó gran parte de su sueldo comprando granos para alimentar a las palomas.

Si una persona como Juan, inspirada por la gratitud que siente a raíz de habérsele salvado la vida, tuvo a bien comprar, durante cincuenta años de su vida, maíz para dar de comer a unas aves, ¿qué ha de esperar Dios de cada uno de nosotros como señal de gratitud por la vida abundante y eterna que nos ha dado?

Es lamentable que a muchas personas una de las cosas que más les cuesta hacer es dar gracias en público. Para colmo de males, les cuesta más trabajo aún agradecerle a Dios la salvación.

En cierta ocasión, Jesucristo sanó a diez hombres leprosos, y uno solo de ellos volvió para darle las gracias. ¿Quién lo hubiera pensado? Más vale que no seamos ninguno de nosotros como uno de los nueve ingratos. Aceptemos la vida eterna gratuita que nos ofrece Cristo, pero a diferencia de esos nueve desagradecidos, y con el espíritu de Juan Sepp, demos gracias al Señor desde lo más profundo de nuestro corazón, respaldando nuestras palabras con nuestros hechos.


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Un Mensaje a la Conciencia - 13 nov 2009

>> viernes, 13 de noviembre de 2009

 

«DEFENDIENDO TU SANTA BANDERA»
por Carlos Rey

(Aniversario de la Adopción Oficial del Himno Nacional de Honduras)

(Himno cantado por Carlos Rey en audio y en video)

Desde su separación de la antigua Federación Centroamericana en 1838, la República de Honduras carecía de un Himno Nacional oficial. Por eso, en 1904, el presidente, general Manuel Bonilla, invitó a un grupo de escritores hondureños a que presentaran propuestas para la letra del himno. La que resultó favorecida fue la del poeta tegucigalpense Augusto Constancio Coello Estévez, de sólo veintiún años de edad. Al maestro de origen alemán, Carlos Hartling, director de la Banda de los Supremos Poderes, que había llegado a Honduras en 1896 contratado por el gobierno del presidente Policarpo Bonilla, le tocó la suerte de componerle la música y hacerle el arreglo respectivo.

Pero no fue sino hasta el 13 de noviembre de 1915, luego del fallido intento de reemplazarlo con la letra y la música de un himno diferente mediante un concurso convocado en 1910 y clausurado en 1912, que el gobierno del presidente Alberto Membreño adoptó oficialmente la composición de Coello y Hartling como el Himno Nacional de Honduras.1

He aquí el coro y la séptima estrofa como se cantan en la actualidad:

//Tu bandera// es un lampo de cielo
//por un bloque// de nieve cruzado;
y se ven en su fondo sagrado
cinco estrellas de pálido azul;
en tu emblema, que un mar rumoroso
con sus ondas bravías escuda
//de un volcán,// tras la cima desnuda,
//hay un astro// de nítida luz.
Por guardar ese emblema divino
marcharemos, ¡oh patria!, a la muerte;
generosa será nuestra suerte
si morimos pensando en tu amor.
Defendiendo tu santa bandera,
y en sus pliegues gloriosos cubiertos,
serán muchos, Honduras, tus muertos,
¡pero todos caerán con honor!

No queda duda alguna de la devoción que el pueblo hondureño siente por su «santa bandera» patria, «emblema divino» que no sólo sus próceres sino cada patriota, por lo mucho que la ama, debe estar dispuesto a defender hasta la muerte. Con ese nivel de lealtad de parte de sus ciudadanos, Honduras se asegura una «generosa suerte» a escala nacional. Gracias a Dios, para asegurarse un dichoso porvenir espiritual a título personal, basta con que cada hondureño manifieste verdadera devoción por Él como hizo Moisés, el libertador de Israel, edificando un altar en su corazón que diga: «¡El Señor es mi bandera!»2


1 Francisco Arístides Medina M., Cuestionario cívico del Himno Nacional de Honduras (Tegucigalpa: Ediciones Culturales FAMA)  <http://www.scribd.com/doc/6074314/ Cuestionario‑Civico‑Del‑Himno‑Nacional‑de‑Honduras> En línea 11 junio 2009; Roberto Ramón Reyes Mazzoni, «Antecedentes del Himno Nacional», La Tribuna, 7 octubre 2007 <http://www.latribuna.hn/news/171/ARTICLE/19005/2007‑10‑07.html> En línea 12 junio 2009; José Dolores González, «Así nació nuestro Himno Nacional», La Tribuna, 18 noviembre 2007 <http://www.latribuna.hn/news/171/ARTICLE/21625/2007‑11‑18.html> En línea 12 junio 2009; <http://www.honduraseducacional.com/Leyes/decretos.htm> En linea 12 mayo 2009.; <http://www.portalperiodico.com.ar/honduras.htm> En línea 12 mayo 2009; Gaspar Sanz y Tovar, «La federación centroamericana», diciembre 1950 <http://www.cepc.es/rap/Publicaciones/Revistas/13/RPI_005_118.pdf> En línea 12 junio 2009.
2 Éx 17:15 (DHH)

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Un Mensaje a la Conciencia - 12 nov 2009

>> jueves, 12 de noviembre de 2009

 

«PERDIENDO... LA UNIDAD FAMILIAR»
por Carlos Rey

En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Después de diez años... mis hijas de diez y quince años respectivamente... [y yo emigramos de nuestro país natal para] vivir junto a mi esposo y padre de mis hijas. Mi esposo y yo estuvimos de acuerdo en estar separados para que él trabajara en el extranjero, perdiendo así la unidad familiar....

»Hoy ni mis hijas ni yo queremos vivir acá, a causa de lo distinto que es todo en este país. Queremos regresar a nuestras costumbres y cultura. Nos duele mucho el desarraigo más que la desintegración familiar. Pero mi esposo no está preparado para viajar con nosotras. Él llegaría después quizá [de] cinco años....

»No me gusta aquí..., pero me pregunto ¿qué es lo mejor para las niñas...?»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimada amiga:

»Lamentamos que le haya sido tan difícil adaptarse a las condiciones en el nuevo país. Y comprendemos lo difícil que es ver lo tristes que están sus hijas....

»Sin embargo, el hecho de que nos esté pidiendo consejo indica que en lo profundo de su corazón usted sabe que el vivir separada de su esposo no es una buena opción. Cada semana se comunican con nosotros mujeres así como usted, con un esposo que trabaja en el extranjero. Aun se han comunicado con nosotros niños que tienen padres que trabajan muy lejos. Gran parte del tiempo resulta que esos cónyuges no vuelven a vivir juntos, debido a que por lo general uno de los dos se enamora de alguien que vive cerca y con quien puede verse con regularidad.

»Es extraordinario que usted y su esposo hayan podido permanecer casados a pesar de haber vivido separados durante diez años. Pero no podemos dejar de preguntarnos:... ¿Cómo van [sus hijas] a cultivar el debido aprecio por el matrimonio cuando sus padres no piensan que es importante vivir juntos?...

»La historia está repleta de casos de personas a quienes les ha tocado mudarse de un país a otro. La mayor parte del tiempo se les ha hecho difícil, y no ha habido un solo momento en que hayan dejado de extrañar el ambiente familiar de su propia cultura. Pero a causa de lo importante que era, han aprendido a adaptarse a las nuevas circunstancias y a forjar una vida mejor para sí mismas.

»No estamos aconsejándole necesariamente que se quede en su nuevo país, sino más bien recomendándole que se quede junto con su esposo y que hagan sus planes futuros juntos, cualquiera que sea el país en que vivan.

»Honre a su esposo permaneciendo a su lado, tal como lo prometió cuando hizo sus votos nupciales. A usted se le hará mucho más fácil adaptarse al nuevo país si determina que la prioridad más importante de su vida es estar junto a él. Y verá que con el tiempo sus hijas seguirán su ejemplo, aprendiendo a su vez a adaptarse.

»Le deseamos la unidad familiar,

»Linda y Carlos Rey.»

El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa el enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana», y luego el enlace que dice: «Caso 53».


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Un Mensaje a la Conciencia - 11 nov 2009

>> miércoles, 11 de noviembre de 2009


 

«NINGUNA RAZÓN PARA VIVIR»
por el Hermano Pablo

El joven matrimonio estaba celebrando el Día del Padre, en junio de 1984. Vivían llenos de felicidad. Después de muchos años de espera, la joven señora había, por fin, tenido un hijo, un precioso varón, llamado Josué, que ahora tenía dos años y medio.

En un descuido de los padres, el niño cayó a la piscina de natación y se ahogó. Para Diana y George Mendenall, los jóvenes padres, el golpe fue espantoso. Cayeron en una depresión profunda, y diez días después, no pudiendo soportar la pena, se suicidaron juntos en la sala de la casa.

«Ninguna razón para seguir viviendo», explicaba la lacónica nota que dejaron escrita.

Es cierto que un golpe tal como recibieron esos jóvenes esposos residentes en California es sumamente fuerte. Y es cierto que por años habían pedido a Dios un hijito y que, al fin, el ruego se les había concedido.

Es cierto también que uno llega a querer un hijo con tanta fuerza y corazón que hace un ídolo de él. Y es cierto que la muerte trágica de un pequeño hermoso y amado, por un accidente que pudo haberse evitado fácilmente, es demoledora y destructiva. Todo eso es cierto.

Pero también es cierto que hay motivos más altos y más sublimes en la vida por los que merece ser vivida. Cuando se pierde el sentido de la vida por haberse muerto el objeto más grande del amor y del interés, es porque no se ha adquirido todavía el sentido verdadero que tiene.

¿Para qué fue creado el hombre, y cuál es el objetivo primordial de la existencia humana? Conocer, amar y servir a Dios. Así de sencillo y claro es el verdadero sentido de la vida humana: conocer, amar y servir a Dios.

Cuando se pierde de vista ese objetivo, o cuando se hace a un lado por intereses menores, es natural que no se le halle sentido a la vida cuando esos intereses menores se destruyen, y al parecer nada queda entre las manos.

Más vale que reconozcamos que Cristo es el supremo objetivo de la vida, pues creer en Cristo, amar a Cristo y servir a Cristo es la función suprema del ser humano. Cuando llegamos a ese punto, entonces, sólo entonces, descubrimos el sonoro motivo de la vida.

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 10 nov 2009

>> martes, 10 de noviembre de 2009

 

LA FURIA
por el Hermano Pablo

El día se presentaba caluroso y húmedo en Miami, Florida. Era uno de esos días en que la temperatura y la humedad ejercen sobre el ánimo de las personas una influencia nociva. Bob Moore, propietario de una ferretería, estaba atendiendo a sus clientes, tratando de no sudar demasiado.

De pronto se abrió la puerta y entró un hombre. Tenía la mirada extraviada, el rostro congestionado, la camisa abierta y, lo más terrible, un arma automática en la mano. Abrió fuego contra el público, y mató a seis personas.

Después huyó. Montó en una bicicleta y siguió disparando su arma, hiriendo a otras tres personas. Al pasar un semáforo en rojo, lo atropelló un automóvil, y el hombre murió allí mismo, todavía empuñando el arma. «Furia» fue la única palabra que emplearon los diarios para dar la noticia del caso.

He aquí un verdadero caso de furia insana, de furia violenta, destructiva. Furia homicida, furia infernal, furia volcánica, furia que no se aplaca sino hasta después de haber provocado todo el daño posible.

¿Qué es la furia? «La ira es una locura breve», afirmaban los antiguos griegos. «La furia es un estallido nervioso que ocurre cuando se ha soportado mucho tiempo una situación ofensiva, humillante o atemorizante», definen los psicólogos.

La Biblia atribuye la ira y la furia a la acción del diablo, pero también al corazón que no se somete a Dios. Y la furia sólo de vez en cuando toma esas dimensiones trágicas del suceso de Miami. A veces la furia es silenciosa, pero mata el compañerismo y nubla el goce de las relaciones humanas.

Tenemos, por ejemplo, el enojo severo y profundo que suele producirse entre marido y mujer. Quizá nunca llegue a estallar en furia, pero destruye igualmente la armonía y la felicidad. Porque cuando hay enojo, no hay palabras, no hay sonrisas, no hay felicidad.

La Biblia dice: «Refrena tu enojo, abandona la ira; no te irrites, pues esto conduce al mal. Porque los impíos serán exterminados, pero los que esperan en el Señor heredarán la tierra» (Salmos 37:8-9).

Nada mejor, para verse libre de esta breve locura destructiva, que entregar el corazón y la voluntad a Cristo. Porque sólo Él tiene paz, calma y justicia abundantes para darnos.

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 9 nov 2009

>> lunes, 9 de noviembre de 2009

 

SIETE TIROS CERTEROS
por el Hermano Pablo

Fueron siete disparos. Siete disparos de pistola automática Browning. Todos dieron en la cabeza de sus víctimas, y todas ellas murieron casi instantáneamente. Cuando Candice Day, de treinta y dos años de edad, llegó a su casa, sólo vio cuerpos muertos y sangre por todos lados.

James Day, su marido, en un rapto de ira, de violencia, de furia insensata, había dado muerte a los seis hijos del matrimonio, y después se había suicidado. Siete tiros certeros habían acabado con casi toda su numerosa familia.

He aquí otra de las tragedias familiares que suelen ensangrentar la página roja de los diarios, adictos a las noticias truculentas. El matrimonio que formaban James y Candice Day, en Evansville, Indiana, Estados Unidos, no era mejor ni peor que la mayoría de los matrimonios que vivían por ahí.

Llevaban una buena vida en lo económico. Sus hijos eran buenos y no les ponían muchos problemas. El matrimonio se llevaba apreciablemente bien. Sólo de vez en cuando discutían un poco, después de lo cual él salía y se emborrachaba.

El día de la tragedia eso fue lo que ocurrió: una discusión. Una típica reyerta entre marido y mujer, y el marido, enojado, salió a beber. Esta vez la dosis de todas las cosas fue un poco mayor que de costumbre. Y de ahí, la tragedia.

La ira y la violencia son como ciertos huracanes. Cobran intensidad a medida que giran. El que se acostumbra a enojarse se enojará cada vez más. Y sin darse cuenta, acumulará en su interior ira concentrada que un día estallará un poco más fuerte que de costumbre.

¿Cómo luchar contra la ira? ¿Cómo mantener sujeto y embridado este potro del alma? Hay que saber educarse a sí mismo en la tolerancia, el juicio y la paciencia. Sobre todo, hay que saber buscar siempre en Cristo esa maravillosa dosis de calma, paz y paciencia que nos pone a cubierto de tempestades familiares.

«La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo» (Juan 14:27), dijo Jesucristo. Esas palabras son el mejor testamento, la mejor herencia, que pueden recibir los que desean cambiar de vida y vivir en paz, en calma y en sobriedad, y tener perfecta y tranquila felicidad. Sólo con Cristo, y en Cristo, es posible lograrlo.

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 7 nov 2009

>> sábado, 7 de noviembre de 2009

 

UNA PÁGINA: CIENTO SETENTA Y CINCO MIL DÓLARES
por el Hermano Pablo

Aquella era una fresca tarde de otoño en Londres. John Fuggles, anciano anticuario y ratón de biblioteca, se dispuso a realizar su ocupación favorita: husmear en viejos archivos y documentos.

Tomó un viejo paquete de papeles, que llevaban muchos años dormidos en un cajón, y se fijó en la envoltura. Era una página de la Biblia. Tomó una lupa de gran aumento y examinó el papel apergaminado, las letras dibujadas a mano, las marcas de una gran antigüedad.

Para su sorpresa y satisfacción, acababa de hallar una página perdida de la llamada «Biblia Ceolfrid», publicada alrededor del año 713 d.C., mil doscientos años atrás. Se calculó que el valor de esa preciosa página era de unos ciento setenta y cinco mil dólares.

¡Qué valor adquieren las cosas antiguas para los coleccionistas! Para estas personas que parecen vivir revolviendo el pasado más que atisbando el porvenir, un documento antiguo, una carta de Pedro el Grande o un manuscrito griego, adquieren valor gigantesco.

Lo que John Fuggles descubrió fue una página de una Biblia manuscrita, editada en los tiempos cuando apenas comenzaba la Edad Media, una Biblia escrita en Latín, y que habrá sido leída sólo por unos cuantos monjes eruditos.

Si una sola página de esa Biblia valía ciento setenta y cinco mil dólares, ¿cuánto valdría la Biblia entera? Millones. Pero el valor de la Biblia no reside en que es un libro antiguo, escrito en pergamino, con letras dibujadas a mano e iluminadas con oro, plata y colores. Esas son Biblias de coleccionistas, buenas sólo para ellos. El verdadero valor de la Biblia reside en que es un libro viviente, un libro antiguo pero con un mensaje actual, especial para todo hombre y toda mujer del siglo veintiuno con sus problemas, sus angustias y sus esperanzas. Es un libro que Dios mandó escribir, inspiró, guardó y protegió de la destrucción, y manda que lo lea todo el mundo en todas partes.

La Biblia no es, ni debe ser, una curiosidad de museo. Debe ser el libro de los gobernantes, el libro de los intelectuales, el libro de las almas piadosas, el libro de los pecadores que buscan la salvación. En otras palabras, debe ser el libro del pueblo.

La Biblia es el libro que traza el camino de la salvación en Cristo y de la reconciliación con Dios para todo ser humano que puebla este planeta.

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 6 nov 2009

>> viernes, 6 de noviembre de 2009

 

CORAZÓN DE NIÑO NEGRO EN NIÑO BLANCO
por el Hermano Pablo

John Nathan Ford, niño negro del barrio de Harlem, Nueva York, salió a jugar al balcón. Con sólo cuatro años de edad, este niño que tenía el mismo apellido de una de las familias más ricas de los Estados Unidos y de un ex presidente, no se daba cuenta de las diferencias de color, de la ínfima escala social de su familia ni de su tremenda pobreza. Quizá por un mareo o debilidad o descuido, John Nathan se cayó del balcón, desde un sexto piso.

La madre, Dorothy Ford, hizo donación del pequeño corazón de su hijo para que fuera implantado en el pecho de James Preston Lovette, niño blanco y rico, también de cuatro años de edad.

El niño negro, muerto en medio de la miseria, seguiría viviendo, aunque no fuera más que su solo corazón, dentro de un niño blanco, rico y afortunado.

¡Cuántas reflexiones podemos sacar de esta patética noticia! La primera es que no importa de qué color es la piel del individuo —ya sea negra, blanca, amarilla, cobriza o aceitunada—, los corazones siempre son rojos.

La verdad es que debajo de un par de milímetros de piel, todos los seres humanos nos parecemos. Todos tenemos la misma composición molecular y química. Todos tenemos la misma temperatura vital. Todos tenemos los mismos rasgos psicológicos. Todos tenemos las mismas necesidades físicas y las mismas reacciones morales y sentimentales.

La segunda reflexión es: ¿Qué pensará el niño blanco cuando más adelante sepa que lleva en su pecho el corazón de un negro? ¿Se sentirá humillado, menoscabado, acomplejado, deprimido? ¿O será que ese corazón negro que le ayuda a vivir le dará una visión de amor y comprensión universal?

Sea cual sea su reacción cuando conozca el caso, el hecho innegable es que un niño negro tuvo que morir para que él pudiera seguir viviendo. Y sea racista o no sea racista, el hecho permanecerá inalterable: un corazón de negro seguirá bombeando sangre de blanco.

Jesucristo, con piel de judío, murió en una cruz. Su costado fue traspasado por nosotros, y la sangre que bombeaba su corazón, sangre judía, fue derramada íntegramente para redimir a toda la humanidad, de cualquier color, cualquier raza, cualquier nacionalidad y cualquier religión.

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 5 nov 2009

>> jueves, 5 de noviembre de 2009

 

«SIENTO... MIEDO... DE LA MUERTE»
por Carlos Rey

En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Desde que tuve a mi hija, comencé a sentir muchos temores. A veces me levanto con ganas de hacer miles de cosas, otras veces no; pero lo peor que siento es mucho miedo de lo que está pasando y de la muerte.... Sé que debo aceptar que me voy a morir algún día; pero no sé cómo aceptarlo.»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimada amiga:

»Lamentamos mucho que usted esté pasando por un momento tan difícil. No nos dice cuánto hace que nació su hija, pero comprendemos que el problema comenzó después de su nacimiento.

»El embarazo cambia el cuerpo de la mujer en muchos sentidos, y nuestros ojos sólo pueden ver algunos de esos cambios. Lo que no podemos ver son las formas en que el embarazo afecta las sustancias químicas y las hormonas en el cuerpo. Algunos de los niveles de hormonas aumentan a fin de preparar el cuerpo de la madre para el cuidado del nuevo ser humano. Otras sustancias químicas disminuyen debido a que esa nueva vida necesita sustancias nutritivas. En la relación simbiótica entre la madre y el hijo por nacer, a veces los niveles de hormonas y sustancias químicas en la mujer pueden llegar a ser muy elevados o muy bajos, antes y aun después de dar a luz. Esto causa la depresión de posparto y otras afecciones temporales, incluso los ataques de ansiedad y de pánico.

»Nosotros no somos médicos, y lo cierto es que le recomendamos que consulte con su médico respecto a sus síntomas y lo que ha estado sintiendo. Pero al parecer los cambios de estado de ánimo y de nivel de energía que ha descrito pueden haberse producido como consecuencia de un desequilibrio en su organismo. Un médico puede ayudarla con eso.

»La mayoría de las personas quieren saber qué ocurre después de la muerte. Les interesa saber si van a pasar la eternidad en el cielo o en el infierno. ¡Desde luego que sienten temor cuando no saben a cuál de los dos lugares irán a parar! ¿Hay entonces alguna manera de saber con certeza dónde uno va a pasar la eternidad? ¿Hay alguna manera de tener paz en vez de temor?

»¡Sí la hay! El apóstol Pablo dijo que la paga del pecado es muerte, pero que Dios nos ofrece vida eterna en Jesucristo, nuestro Señor.1 ¿Qué tenemos que hacer entonces para aceptar y obtener esa vida eterna en el cielo a la que se refería San Pablo? Juan el apóstol contestó esa pregunta cuando dijo: "Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad."2 Porque todo el que cree en su Hijo Jesucristo y lo acepta como su Señor y Salvador tiene vida eterna.3 Así que, si le pide a Dios que perdone sus pecados y confiesa a Cristo como su Salvador, creyendo en el corazón que Él murió en la cruz por los pecados que usted ha cometido, usted tendrá la paz que tanto anhela. De hacerlo así, obtendrá no sólo vida después de la muerte, sino también una vida plena ahora mismo.

»Le deseamos paz,

»Linda y Carlos Rey.»

Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa el enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana», y luego el enlace que dice: «Caso 52».

 


1 Ro 6:23
2 1Jn 1:9
3 Jn 3:16

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Un Mensaje a la Conciencia - 4 nov 2009

>> miércoles, 4 de noviembre de 2009

 

SANGRE SALVAVIDAS
por el Hermano Pablo

La aguja fue insertada en la vena, y el líquido rojo empezó a bajar, gota a gota. El enfermo, en estado semicomatoso, comenzó a sentir el efecto benéfico. La intensa palidez de su rostro fue reemplazada por un color bronceado, un color natural de vida, de energía, de salud.

El equipo médico encabezado por el doctor Oscar Gromilka, del Laboratorio Militar de San Diego, California, observaba ansioso el procedimiento. Porque el líquido rojo que estaba salvando la vida de ese joven accidentado no era sangre. Era un sustituto de la sangre, producido en laboratorios químicos: un sustituto a base de la modificación de las moléculas de hemoglobina de las células, y que es más barato, más estable, más fácil de obtener y es compatible con cualquier grupo sanguíneo. ¡Toda una revolución en el campo de la hemoterapia!

Cada día investigadores científicos descubren nuevos productos artificiales. Muchos de estos, que antes sólo podían comprar los ricos, ahora están al alcance de todos. Los mejores ejemplos corresponden a miembros del cuerpo, tales como piernas y manos artificiales, orejas artificiales, piel artificial, pelo que no es pelo, dientes que no son dientes, ojos que no son ojos, válvulas cardíacas que no son las originales, y aparatos que hacen que lata el corazón, que respiren los pulmones y que accione el cerebro aun después de la muerte.

En otros campos del empeño humano tenemos música que no es música, amor que no es amor, felicidad que no es felicidad, y vida que no es vida. Todos estos son imitaciones y sustitutos modernos de lo que un día fue fresco y natural.

Pero lo que es verdaderamente peligroso, que raya en la perdición eterna, es tomar por salvación lo que no es salvación sino sólo un invento del diablo, una imitación para darle al hombre la ilusión de que está salvo, tiene justicia y no necesita más que lo que tiene. Esto sucede con las distintas religiones que hay en el mundo, que ofrecen un falso camino de salvación y le dan al que las practica la seguridad falsa de creerse a salvo y en paz con Dios cuando en verdad sigue cautivo del error, del pecado y del mal.

La verdad absoluta es que sólo Cristo es el Salvador y, por consiguiente, nuestra salvación. Y sólo su sangre, la única sangre salvavidas auténtica y divina, es la que limpia de todo pecado.

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 3 nov 2009

>> martes, 3 de noviembre de 2009

 

«AL COMPÁS DE SUBLIME CANCIÓN»
por Carlos Rey

(Día de la Independencia de Panamá)

(Himno cantado por Carlos Rey en audio y en video)

Luego de emanciparse de Colombia el 3 de noviembre de 1903, la Junta Provisional de Gobierno de la nueva República de Panamá se dispuso a recibir al primer embajador y ministro plenipotenciario de Estados Unidos, William I. Buchanan. A falta de un himno nacional que, según el protocolo diplomático, debía tocarse en dicha ceremonia, el maestro Santos Jorge, músico de origen español que era director de la Banda Departamental, interpretó la música de la popular canción escolar que él mismo había compuesto, titulada «Himno Patriótico Istmeño».

Posteriormente el compositor Santos Jorge le pidió a su amigo Jerónimo de la Ossa, poeta panameño, que escribiera una letra para aquel himno que el pueblo mismo acabó por elegir. De ahí que en 1906 se adoptara provisionalmente como el Himno Nacional y que, luego de ser adoptado oficialmente en 1925, fuera ratificado como tal, con ligeras modificaciones, en 1941 y 1949.1

He aquí el coro y la primera estrofa del Himno Nacional de Panamá como se cantan hoy:

Alcanzamos por fin la victoria
en el campo feliz de la unión;
//con ardientes fulgores de gloria
se ilumina la nueva nación//.

Es preciso cubrir con un velo
del pasado el calvario y la cruz;
y que adorne el azul de tu cielo
de concordia la espléndida luz.

El progreso acaricia tus lares
al compás de sublime canción;
ves rugir a tus pies ambos mares
que dan rumbo a tu noble misión.

Alcanzamos por fin la victoria
en el campo feliz de la unión;
//con ardientes fulgores de gloria
se ilumina la nueva nación//.

De modo que el origen de la victoria que alcanzó el pueblo panameño fue la unión, y el resultado a largo plazo fue el progreso, iluminado de mar a mar por el glorioso faro de la espléndida luz de la concordia, «al compás de sublime canción». ¡Dulce victoria aquella que le puso fin al calvario y a la cruz de su amargo pasado, es decir, del prolongado período de su historia antes de la independencia patria definitiva con que obtuvo la libertad temporal! Gracias a Dios, si bien quisiéramos todos los iberoamericanos cubrir con un velo esa parte de nuestro pasado nacional, no hay razón alguna por la que tengamos que cubrir con un velo el calvario y la cruz de nuestro pasado personal. Es que, hace ya dos mil años, cuando Jesucristo murió en la cruz del Calvario, se rasgó en dos el velo del santuario del templo de Jerusalén de modo que, en vez de cubrir aquel suplicio del Hijo de Dios, nos abrió más bien un camino nuevo y vivo para que pudiéramos acercarnos a Él con plena confianza a fin de obtener la libertad eterna y así alcanzar por fin la victoria.2

 


1 «Himno Nacional de Panamá», República de Panamá, Historia Patria, Símbolos Patrios <http://www.pa/secciones/patria/simbolos_patrios.htm> En línea 2 junio 2009; Kathyria Caicedo, «Hoy es el día del Himno Nacional», Día a Día <http://www.diaadia.com.pa/archivo/11012007/imp15.html> En línea 2 junio 2009; Redacción de La Prensa, «Un navarro que hizo escala en Panamá: Santos Jorge» <http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/ 2001/11/15/hoy/nacionales/334230.html> En línea 9 junio 2009; «Jerónimo de la Ossa E.: Autor de la letra del Himno Nacional», Musigrafías <http://www.geocities.com/lobodelalba/J_DLOssa.html> En línea 9 junio 2009.
2 Mt 27:51; Mr 15:38; Lc 23:45; Heb 10:19-22

 

 

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Un Mensaje a la Conciencia - 2 nov 2009

>> lunes, 2 de noviembre de 2009

 

CUANDO SE TRATA DE RECLAMAR
por el Hermano Pablo

  Sucedió en el Kennedy Center, de la ciudad de Washington, el 18 de diciembre de 1982. La orquesta, una de las mejores de la ciudad, estaba tocando «El lago de los cisnes» de Tchaikovsky. Su primera bailarina, Natalia Makarova, era una de las artistas más cotizadas del ballet.

De pronto, una pieza metálica se desprendió del escenario y cayó justo sobre la Makarova cuando ella estaba haciendo sus giros y volutas. En medio de la consternación general entre el público asistente, tuvieron que retirar del escenario a la artista.

Para más consternación de los dueños del teatro, la Makarova exigió, como indemnización, nada menos que veinticinco millones de dólares. Alegó que el accidente le había impedido llevar a cabo «los complejos y agotadores movimientos requeridos por su arte».

En esto de reclamar indemnizaciones por daños, la gente no se queda atrás nunca, especialmente los artistas de cine, televisión o teatro. Ellos creen valer tantos millones, que si un día se les quiebra una pestaña por la culpa de otro, son capaces de pedir un millón por esa dichosa pestaña.

En parte tienen razón. El arte es su medio de vida. Fuera del escenario o de los estudios de filmación, quizá no servirían para nada. Y el arte del espectáculo mueve hoy en día millones y millones de dólares. Y como con el arte se ganan la vida, y el arte vale millones, ellos se cotizan en millones también.

Pero esto es una muestra más del enorme desnivel en los valores humanos. Un boxeador de primera categoría, un beisbolista estrella, un jugador de fútbol de fama mundial, un tenista, un golfista, hasta un caballo de carreras, pueden llegar a valer una millonada, sólo porque el público está dispuesto a pagar lo que le pidan por verlos actuar.

Mientras tanto, un obrero que arriesga la vida trabajando en un andamio a ochenta metros de altura, un labriego que se levanta a las tres de la mañana para regar su plantío de papas, una enfermera que se desvela toda la noche para aliviar la agonía de un anciano moribundo, o una maestra que se interna en la selva o en la montaña a fin de enseñar las primeras letras a niños pobres, valen poquísimo. Casi nada.

La verdad es que éstos también son seres humanos, y su trabajo es inmensamente importante. Para Cristo son almas sumamente preciosas, porque por cada una de ellas Él vertió su sangre en el Calvario.

 

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